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Hace un par de semanas, mi amiga de viaje, mi amiga a la distancia Valentina, conocida en Instagram bajo @psicologa.viajera compartió una pregunta que yo también me hago mucho: cómo hacen los que no tienen mate?

Me gustaría contar la primera vez que lo probé, pero no recuerdo cómo fue. Lo único que sé es que tenía 21 años y estaba en Nueva Zelanda. En ese momento, vivía en un hostel con muchos latinos, Argentinos sobre todo. Y esa primera vez, seguro no me gustó.

“Unos mates?” es una pregunta, o más bien una oferta, una invitación que escuché mucho en esos meses viviendo el hostel neo zelandés (que de neo zelandés, en realidad, solo tenía la dirección 🇳🇿). En esos meses aprendí más que nuevas expresiones, descubrí más que una intonación que me sonaba muy italiana, me enteré de más que historias políticas de un país del que no sabía nada…

Haciendo mate

No me gustó el sabor a mate, pero sí me gustó la compañía. Que pase de mano a mano ese pedazo de calabaza y de cuero, que chistes y risas se escuchen en ese camino — eso fue lo que me gustó.

En esos meses, me amigué de una costumbre, de una manera de vivir, me enamoré de una forma de compartir.

Quizás por el amor al mate lo encontré a mi P… O quizás por el amor a esa nueva definición del verbo “compartir”. Quizás por lo que se siente tomar unos mates en una caminata por el barrio, en un desayuno lento y unas grandes charlas, en una tarde de playa, en una ruta larga, viendo un partido de eliminador o leyendo en el sofá un domingo a la mañana.

🌎 Quizás después de esos meses en Nueva Zelanda, eso le pedí al universo — así quiero que sea mi vida, llena de mates calientes, de tiempos compartidos, de mochilas llenas de yerba, y marcas verdes en la esponja de la cocina.

Hoy no me imagino mi vida sin esa bebida supuestamente tan anodina, y me pregunto, cómo hacen los que no tienen mate?

Este post fue publicado en Instagram y ahora tiene su lugarcito en este cuaderno digital. Click acá para leer las reflexiones de Valentina.